viernes, 16 de octubre de 2009

VENTANAS

El eterno mirar por la ventana... Sí, mira por la ventana el que espera algo, el que no espera nada, el que lo espera todo. Las aulas de la universidad donde enseño tienen unos grandes ventanales. Hoy pasé un rato mirando hacia fuera. Las casitas de ladrillo, a lo lejos, los árboles deshojados, estirando sus ramas, mirando hacia arriba. El viento movía las señalizaciones y la hierba crecida del campo verde. Yo esperaba a que los alumnos llegaran a tomar su clase. Los ancianos suelen pasar largos ratos mirando por la ventana. Las ventanas hipnotizan. Parecen pantallas de cine. Todo puede pasar ahí afuera. Se puede caer un avión. Podemos encontrar sobre la tierra una señal extraterrestre. Puede pasar una mujer hermosa. O puede no pasar nada. Lo más interesante es cuando no pasa nada. Porque, en realidad, pasa todo. Pasa todo en el interior del que mira la ventana. Entonces la ventana es como una pintura. Imaginémosla así, si queremos, como una pintura viva. Por la ventana pasan como trenes las 4 estaciones del año. Por la ventana vemos paulatinamente caer las hojas durante el otoño, nevar durante el invierno, florear los árboles durante la primavera y el sol dorar la tierra durante el verano. Pero a veces duele el pecho de sólo mirar por la ventana. Porque la belleza es imposible. Porque la belleza, lo sabemos todos, cuando es demasiada, duele. Duele profundamente. Sobre todo las tardes lluviosas. Y qué decir del paso de la gente. Ignoramos la vida que han vivido, lejos del heroísmo y la gloria. Sólo sabemos de ese paso acompasado, ese paso hacia la muerte. Pero mirar por la ventana no es malo. Mirar por la ventana es un acto de contricción. Mirar por la ventana es una forma de orar, si se quiere. Sí, frente a una ventana, no es difícil llegar a la contemplación. Cuando estoy triste miro por la ventana. Cuando estoy alegre también. El secreto consiste en mirar largo rato y que la mirada no se estanque dentro de la habitación. La mirada tiene que salir hacia fuera, como si se salieran los ojos y se mezclaran con el paisaje. Entonces estamos afuera. Ya no estamos dentro. Nos fundimos con el exterior. Y si pasa un hombre con un abrigo largo lo acompañamos en su caminata y hablamos con él y, a miedo de extraviarnos, nos despedimos antes de que desaparezca de la ventana. Las ventanas por eso son buenas. Las ventanas, contrario a lo que se piensa, entran por los ojos. Y todo lo que está fuera desaparece dentro de nosotros. Quiero ser un hombre que mire mucho por las ventanas. No imagino la vida de una persona que no mire por las ventanas. Las ventanas, igual que los ojos, son los las puertas del alma.

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