Encontré, sentada en las escaleras de la Église de Saint-Elizabeth, a una mujer escribiendo frenéticamente sobre hojas de papel blancas y después destruyéndolas y dejándolas tiradas en las puertas de la iglesia. Me acerqué a tratar de levantar alguna, pero brincó en cólera y comenzó a gritarme de manera violenta. No sé qué tanto escribe aquella enferma mental. Sólo sé que muchas obras maestras de la literatura estuvieron a punto de destruírse o fueron destruídas. Lo cuál me lleva de inmediato a pensar en Kafka, para muchos, el mejor escritor del siglo XX, que le pidió a su amigo y albacea, Max Brody, que destruyera su obra. Afortunadamente, sabemos que Brody lo desobedeció. ¿Por qué quería que la destruyera? Seguramente porque pensaba que no era lo suficientemente buena. Franz Kafka siempre fue un escritor y un hombre inseguro. Ernesto Sábato también estuvo a punto de destruír: "Sobre Héroes y tumbas". Pero los ejemplos son infinitos. ¿Por qué todo ese derroche de tinta? De tinta y fuerza y pasión y sufrimiento. No es la tinta. Es el deseo de todo verdadero artista por llegar a la perfección. El personaje de la novela "Hambre", de Knut Hamsun, vagó durante páginas y páginas, muriéndose de hambre y frío, empeñando los botones de su abrigo, sin aceptar otro empleo que no fuese el de articulista de un periódico de Christiana (ahora Oslo). Mi amigo, Pedro Paunero, me contó que en el siglo XIX todo lo que escribían los grandes escritores lo publicaban, fuese bueno, regular o malo. Todo éra una manifestación artística y debía de ser sacado a la luz. En el siglo XX los escritores fueron más exigentes consigo mismos y la literatura se convirtió más elitista. Sólo los grandes textos pasarían a la historia. Eso explica, quizá, la obra de Juan Rulfo, ese gran maestro que con una novela y un libro de relatos pasó a formar parte de lo más selecto de la literatura universal. Cuando le preguntaron a Rulfo (que en realidad se llamaba Juan Nepomuceno Pérez) por qué escribía, respondió: "Pues porque se murió el tío Celerino, que es el que me contaba las historias". La realidad es que Rulfo destruyó prácticamente toda su obra y se quedó sólo con "Pedro Páramo", "El llano en llamas" y "El gallo de oro" (un guión cinematográfico). Destruyó todo lo que no consideraba perfecto. Pero, volviendo a la mujer que escribe como loca y rompe todo lo que escribe frente a la Église de Saint-Elizabeth, regresé más tarde y levanté algunos de los papelitos rotos para ver si podía formar una suerte de rompecabezas y pedirle a T. que me los tradujera, pero comprendí que era imposible. Los corta demasiado pequeños. Por sus gestos y su locura podría pensarse que no se trata sino de desvaríos, pero uno nunca sabe, pensemos en August Strindberg (ese genio monumental del teatro sueco), en Hölderlin, en Van Gogh, en tantos genios que alguna vez dieron lástima por lo locos y enfermos que parecían.
sábado, 10 de octubre de 2009
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