domingo, 11 de octubre de 2009

I CAN´T FIGHT NO MORE

Este sentimiento casi constente de soledad me ha devuelto a mi locura de escritor. Esta mañana, bajo el frío otoñal, recorrí la Rue de Nimy, una calle que se ha convertido en mi recorrido habitual para salir y entrar al centro de la ciudad. Al llegar a la Grand Place escuché los tañidos del campanario, el monumento más antiguo de Mons. Pero lejos de sentir esa paz que proporcionan las campanadas de las iglesias y que nos recuerdan a nuestros antepasados, me llené de tristeza. Así seguí caminando hasta que fuí a dar a un parque cerca del Hôtel de Ville. Me senté y, ante el desordenado sonido de las aves, me puse a separar los sonidos, uno a uno. Un pájaro gorgoreaba, otro piaba, otro hacía un sonido extraño y lúgubre. Alcancé a ver entre las ramas a un soberbio cuervo, negro, grande y de plumas brillantes y lisas que me recordó al Cuervo del cuento de Edgar Allan Poe. Ahí, abatido, pensé en uno de mis libros de cabecera: "Deseo de ser piel roja", del catalán Miguel Morey. El texto ganó el "Premio Herralde" de ensayo. Miguel Morey compara a su abuelo con el indio Joseph, un piel roja que, ansiando la libertad a la que aspira todo piel roja, vivió sus últimos confinado a una reserva. El abuelo de Morey, un hombre libre, vivió sus últimos años confinado a un asilo para ancianos. Hasta que un día dijo: I can´t fight no more. Sólo esa frase. Una frase corta y profunda y contundente que lo encierra todo. Un hombre que ha luchado toda su vida y un día dice: "Me he cansado de luchar". El abuelo de Morey, cansado de la soledad y de la vejez y de la enfermedad, dejó de comer y murió. Lo que me recuerda a mi tío Juanito, propietario de un naranjal impecable donde vivía. Los tres secretos de la felicidad, decía, son beber un jugo de naranja diario, dormir temprano y sonreír. Vivió una vida feliz. Y a los 91 años les dijo a sus hijos que se iría a ver un poco de televisión y después a morir. Los hijos no le creyeron. A la mañana siguiente la televisión estaba encendida y él estaba muerto y su cadáver más frío que los objetos de su habitación. Llevaba un mes sin comer. Esta mañana, sentado en la banca, por un momento pensé: I can´t fight no more. Y sentí que mi lucha contra la soledad está perdida desde hace tiempo. No se trataba de morir. Sino de dejar de sufrir. Morir no es la única manera de salirse por la puerta de emergencia de la vida. También ser indiferente. También adoptar la actitud de un perdedor. Dejar de luchar por la felicidad. Eso también es morir. Tengo la costumbre de huír de la soledad aislándome. Y eso es lo que hago cuando me siento solo, busco un parque como ese y, silenciosa mi alma, me siento a escuchar el agua de alguna fuente, la caída de las hojas o los cantos de las aves. Hace unos días, en la sala de maestros de la FUCAM, un campus de la Universidad de Louvaine, donde esperaba una entrevista de trabajo, conocí a una maestro de inglés y holandés y observador de aves. Me dijo que no hay mejor sitio para observar las aves que el norte de España. Pensé cuánto me gustaría ser amigo de ese tímido y profundo profesor de idiomas. También pensé que quizá nunca más vuelva a verlo. Y que las personas que conocemos en encuentros furtivos siembran una semilla en nuestro interior y después se marchan como esos árboles hermosos y fugaces en los paisajes vistos desde un tren en movimiento. Porque el destino del hombre en la tierra y de sus encuentros es la fugacidad. Sólo nosotros permanecemos inertes y todo lo demás gira o pasa frente a nuestros ojos. Algunas cosas y algunas personas se detienen por un momento, largo o corto, pero al final terminan por retirarse. Y nos volvemos a quedar solos. Y al final siempre estamos solos. Como escribió alguien: "somos siempre nosotros, y unos cuántos amigos". Y la prueba más irrefutable de nuestra soledad, es el hecho de que nadie puede nacer, vivir y morir por nosotros. Nos pueden acompañar en esos procesos, pero nadie puede vivirlos por nosotros. Es por eso que somos seres solitarios, pero también libres. Ser observador de aves debe de ser una de las cosas más bellas del mundo. ¿No es a la vida de las aves a la que aspira todo ser humano? El cazador le quita la vida a su presa. Es la libertad del animal lo que quiere. Es su belleza. Y por eso lo mata. Pero el observador de aves caza mucho más que al animal. Se queda con su libertad. En Tuxpan, me gustaba sentarme frente a la casa de mi madre, en la rivera, a observar a los tordos, esos pájaros negros que hay por millones y que salen todas las madrugadas de los almendros y regresan por las tardes, disputándose furiosamente las ramas. Los cantos de agresividad que emiten cuando llegan a los árboles, tratando de ganarse una rama para aquella noche junto a su parvada, son cantos absolutamente apabullantes. Me gustaba imaginar que, temprano elevaban el vuelo y buscaban comida durante el día. No almacenaban nada, sólo buscaban lo que comerían ese día. Picoteaban las naranjas y los mangos de los árboles. Seguramente sacaban algunos gusanos de la tierra. Surcaban los cielos en maravillosas formaciones. Y al final del día regresaban. Entonces sonó mi teléfono móvil. El ruido de mi móvil, que comienza más suave y, conforme pasa el tiempo y no lo respondo, se vuelve fuerte y áspero, me sacó de mis pensamientos. Y recordé a Emile M. Cioran. Decía que siempre hay tiempo de morir, así que no hay por qué apresurarse. No tiene que ser hoy. Volviendo a la frase de Morey: I can´t fight no more, decía que es una frase profunda. Lapidaria. Sí, el que se ha entregado con cuerpo y alma a la batalla, como el indio Joseph, como el abuelo de Morey, como mi tío Juanito, es el único que puede decir: "Estoy cansado de luchar". Y abandonar, con la frente en alto, la batalla.

1 comentario:

  1. Sí, pero el tío Juanito había vivido plenamente y batallando y sonriendo... asi vale la pena morir, después de batallar y sonreir !!!!!

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