Empezaré esta crónica por una calle. Bueno, en realidad no es una crónica, se trata sólo de la descripción de la calle. Aunque a decir verdad no hay mucho que decir. Sólo que es la calle donde vivo. Vivo en el ático de un edificio. En el número 3 altos 9. Dos vigas de madera cruzan las paredes y el techo de mi habitación. No está mal. Es un sitio agradable. Las paredes, a pesar de su color claro, son angustiantes. Entramos en la segunda semana de otoño. He pasado la mañana tumbado en el colchón. Recuerdo esos lunes que faltaba a la escuela y prefería pasarlos entre las sábanas frías y entre el sueño y la vigilia. Después me puse un abrigo y me refugié en él. Sacaba a pasear mis tristezas. Recorrí la calle debajo de la lluvia. Las gotas de lluvia, largas y puntiagudas, parecían balas de plata atravesando el paviemento. La calle no es muy larga. Es apenas un callejón, triste y vacío y gris. De aquí salgo todos los días para llegar a la Rue d´Havré o a un callejón empinado que lleva a la Grand Place. Ahí hay un restaurante de comida griega, nourriture grecque, apenas alumbrado por velas blancas y tenues. A veces miro por las ventanas. Y recuerdo a Robert Walser, ese escritor suizo, ese paseante solitario, asomado a las ventanas de las casas, donde las familias se reunían alrededor de la chimenea encendida, y él, que siempre vivió solo, que nunca tuvo se casó, que nunca tuvo una sola posesión en vida e incluso los libros que leyó fueron prestados (y es el escritor suizo más importante y maestro de Kafka, Thomas Mann y Robert Musil) añoraba tener un hogar. Siempre me digo que algún día voy a invitar a T. a cenar ahí. Aunque también sería un buen lugar para ambientar un cuento. Un cuento que hable de encuentros. De esos encuentros que siempre me han fascinado. Como el del joven del cuento de Yasunari Kawabata que conoce a una muchacha en el tren, a través del reflejo del vidrio de la ventanilla, mientras ella se acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja con un dedo meñique. O el encuentro de un cuento que yo mismo escribí y que terminé por destruír, donde un joven conoce a una mujer debajo del toldo de un café, mientras ella se guarecía ahí de la lluvia. Después atravieso la Grand Place. Es viernes, de mañana, y hay puestos de plantas y flores. ¡Han traído un pedazo del campo a la ciudad! Por un momento el cielo gris y los rostros grises de los habitantes de Mons se llenan de luz. Paso el día buscando trabajo. Pero en un momento del día dejo de ser yo y me convierto en tú. O en cualquier persona. Cat Stevens canta: "If you want to be you, be you, And if you want to be me, be me" Y por la noche regresas a la Rue de Belneux. Entonces está completamente oscura de una oscuridad penetrante como la de un bosque o la del cielo cuando se le mira de noche desde un lugar cerrado. Y al entrar, cruzas la Rue Peine Perdue y entras en tu calle, y la calle está mojada y la sucia basura que temprano acomodaron prolijamente en bolsas de basura ahora está arrojada en la esquina y entras y te fundes con la oscuridad y es entonces cuando te conviertes en un fantasma. Ahora, con esa condición de fantasma, llegas hasta el portón de madera de tu edificio y buscas la llave en el fondo del forro de los bolsillos de tu abrigo azul marino. Y piensas en su belleza y en tus manos indignas cuando la tocan. Y quisieras tener en ese momento sus manos entre las tuyas. Y no soltarlas más. Porque el miedo de perderlas es más grande que el miedo que le tienes a esa calle oscura. Entras. Saludas al vecino del 1, Un negro amable y bajito y regordete al que los ojos le brillan en la oscuridad. Es investigador de la Université de Mons. "comment ça va?" le preguntas. "ça va bien", te responde. Sigues subiendo y te sigues topando, ahora, con estudiantes negros y ruidosos y con dos lesbianas. Cuando entras en tu habitación, una gotera. Y te quedas en silencio, escuchando el tac, tac, tac. tac, intermitente, del agua cuando golpea el suelo. Ese mismo sonido que termina por arruyarte aunque te resistas a dormir y te lleva al sueño. Al sueño profundo. Y justo antes de quedarte dormido, recuerdas los versos de un poema de Borges: "Si el sueño fuera una tregua, un puro reposo de la mente, ¿por qué, si te despiertan bruscamente, sientes que te han robado una fortuna?". Y sabes que al día siguiente tienes que despertar.
sábado, 10 de octubre de 2009
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