martes, 13 de octubre de 2009

EL PRIMER DÍA DE CLASES

Cuando se habla del primer día de clases todo el mundo piensa en los pobres alumnos. Pero nadie piensa en los pobres profesores. Recuerdo mi primer día de clases. Entraba al Kindergaden y llevaba un sombrero de granjero (ni siquiera de vaquero). Mi madre me llevaba de una mano y mi padrastro de la otra. En la puerta estaban apostadas algunas maestras, ya saben, con sus mandiles azules a cuadros y sus camisetas blancas. Todas ellas muy sonrientes y solícitas como son todas las maestras de kindergarden. Pero, al verme, con el sombrero en la cabeza y esa cara de pocos (como se puede ver en la fotografía que aún conserva mi madre de aquel día) amigos, echaron a reír. Ahora, a la vuelta de los años, puedo comprender que no se burlaban de mí, sino que sentían ternura por mí y por eso se reían. Pero en ese entonces pensé que se burlaban. Y tampoco, causar ternura, es algo que me entusiasme. A lo que yo respondí lanzando el sombrero al suelo y pisándolo en repetidas ocasiones. Después le dije a mi madre que yo no quería ir a esa escuela. Y antes de que ella pudiera decir algo, mi padrastro, que era consentidor y que tenía una muy mala opinión del sistema educativo, le dijo a mi madre que me llevarían a otra escuela. Y así fue. Desde ese día aprendí a hacer lo que me venía en gana. Pero quería hablar del primer día de clases de un profesor. Hoy fue mi primer día como profesor de la Universidad de Louvain, donde imparto clases de español a estudiantes de ciencias económicas y políticas. Dos áreas en las que me especialicé. La experiencia es traumática, igual que la de un niño. El niño teme por quiénes serán sus compañeros de clase y cómo lo tratarán, si será aceptado o no. En el maestro rara vez piensan. Su antención y su trauma se fija en los compañeros. Y puedo entenderlos, nunca faltan los bravucones, los burlones, los déspotas. Los niños son las criaturas más crueles de este mundo. El profesor también les teme a los estudiantes. Hoy impartí tres clases, cada una con 25 estudiantes de todas las nacionalidades imaginables: belgas, franceses, marroquíes, ucranianos, italianos, albaneses, holandeses y alemanes. Sus ojos estaban fijos en mi persona. Por un momento creí que sólo estaban esperando a que cometiera un error. Cualquier error, por mínimo que fuera, para echármelo en cara. Y sucedió. Primero con el alfabeto castellano, cuando olvidé escribir la LL en la pizarra. Después, y este fue mucho más grave, cuando olvidé escribir el cero dentro de los números del 1 al 20. No tardaron en hacerme notar mis faltas. A lo que yo respondí con una sonrisa, un: I am sorry (en inglés), Pardon (en francés) . y luegos hice la corrección. Sin embargo, me dije que ahí el maestro era yo. Y empecé a poner en apuros a los estudiantes. No cabe duda, el ataque es la mejor defensa. Sí, los obligué a pronunciar las palabras sin errores. Después, los puse a hablar. A formularse preguntas y respuestas, entre ellos. Moderaba mi voz de acuerdo a lo que quería obtener de los estudiantes. La bajaba para pedirles que hicieran algo y la subía para felicitarlos. Sí, al fin lo comprendí, eso era lo que querían. Querían saber que lo estaban haciendo bien. Cuando llegan con una actitud amenazadora, lo que tienen no es soberbia, lo que tienen es miedo. Y, ¿no es la soberbia la mejor manera de disfrazar el miedo? Se muestran retadores para que sus compañeros no noten el miedo. Claro, por supuesto, también era su primer día de clases, una experiencia traumática. Y los había bravucones y burlones y déspotas. Pero también tímidos. Tan tímidos como era yo de niño. La clase terminó con un coro muy entusiasmado, ejecutado por un grupo multicultural que cantaba el abecedario y los números maravillosamente. Mejor de lo que lo hubiera hecho un coro gospel de una iglesia protestante en Harlem o de lo que lo hubieran hecho los Niños cantores de Viena.

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