miércoles, 7 de octubre de 2009

PAKISTAN

Soy poco dado a socializar. Y en una ciudad, en un país donde no hablo el idioma, he llegado a sentir que soy un hombre invisible. O el más invisible de los hombres. Pero cuando llego a algún sitio y saludo: Bonjour, o cuando me despido: Au revoir, aún cuando voy más lejos y me arriesgo y digo frases como: Bon après-midi o À toute à l´heure, como un escapista involuntario, vuelvo a aparecer y, ya en la calle vacía, desaparezco otra vez. Ayer entré en una Night shop, al final de la Rue de Nimy (cuando llegué a Bélgica pensé que las Night shops eran antros de mala muerte, y pasaba junto a ellas con reservas, imaginaba que eran algo así como las Sex shops de Montmarte, pero pronto me enteré de que sólo eran tiendas que venden refrescos y cigarrros y cajas de cereal y que abren de noche). El empleado de esa Night shop, con sus ojos negros y profundos, siempre sonríe. Sonríe cuando entro, sonríe cuando le pago y sonríe cuando me marcho. El otro día me preguntó de dónde era. "De México", le respondí. Él me dijo que es de Pakistán. Que Pakistán es un país muy hermoso. Pero que sus gobernantes son 99% corruptos. "Pakistan rulers are Ninety nine per cent corrupt", dijo, probablemente con el inglés menos inteligible que pueda uno imaginarse. Al salir, cargado de una lata de Coca-Cola Light, pensé: "Quizá por eso sonríe todo el tiempo. Porque en Bélgica puede pasar las noches detrás del mostrador de su Night shop, sonriéndole a todo el mundo, sin temor de que lo asalten, de que lo maten, o de que lo obligen a formar parte de un grupo terrorista. Por eso, aunque en Bélgica no sea más que un inmigrante, y aunque Bélgica sea un país mucho menos hermoso que Pakistán, él sea más feliz. O, al menos, es menos infeliz. Y eso es, para muchos, es motivo suficiente para sonreír todo el tiempo".

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