Durante dos días llovió sin parar. Pasé casi todo el día en mi cuarto, mirando por la ventana. De eso ya hace dos días. Las calles vacías, desiertas. Permanecí largos períodos de tiempo mirando el cristal de la ventana. Primero limpio. Luego se empezó a llenar de gotas. Me acerqué un poco más al cristal, para mirar de cerca esas gotas que se aplastaban en el vidrio. Entonces fue inevitable pensar en Julio Cortázar. "El aplastamiento de las gotas". Cortázar, escritor de fuertes intuiciones, tenía la cualidad de darle significado a todo lo que parece no tenerlo. "Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve...". "Goterones cuajados y duros que hacen ¡plas! y se aplastan como bofetadas unos detras de otros. ¡Qué hastío!". Pensé en una sola de las gotas de lluvia que estaba pegada en mi ventana. ¿Cuál era su destino antes de ir a parar justo frente a mis ojos al tiempo que yo pensaba en julio Cortázar y en esa manera que tenía de darle importancia a las gotas de lluvia o a la caída de un terrón de azúcar al piso? Quizá su destino era la fría acera. Pero el vieno la desvió hacía la ventana para hacerme reflexionar. Sobre la importancia de todas y cada una de las cosas que me rodean. Igual que la manera como esa gota de agua, conforme se resbaló hacia abajo en el cristal perdió su tamaño y su vida y, al llegar al marco de madera, terminó por desaparecer. Walt Whitman nos enseñó (en "Canto a mí mismo") que el trabajo de las hormigas no es menor al trabajo de las estrellas. La lluvia, más allá de lo que digan los geólogos o los climatólogos, una función: darle un poco de paz y de nostalgia al espíritu. Y esa gota de lluvia, aunque nadie la hubiese mirado, cumplió con su función. Tal como Julio Cortázar nos habría enseñado.
lunes, 12 de octubre de 2009
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