Siempre olvido el paraguas y regreso con la cabeza mojada. No sé por qué ocurra eso. Pero pienso que es el inconciente. En el fondo me gusta mojarme. Hoy, debajo de la lluvia, como me ocurrió una vez frente a la fuente de Las Cibeles, en la colonia Roma de la ciudad de México, se hizo más patente mi existencia. Y el hecho de que soy parte de la naturaleza. A veces me dejo mojar por la lluvia, como si fuera una planta o un árbol. Pero, de lo que quería hablar no era de eso. Olvido el paraguas como olvido todo. Sufro del síndrome del distraído. Una enfermedad incurable, pero necesaria. El distraído imagina. Pasa el día entero imaginando. Y, ¿qué sería de la vida y del mundo sin la imaginación? Seguríamos en las cavernas. Eso es seguro. Pero de lo que quería hablar es de la Torre de Mons (Bell Tower). Y de cuánto me gusta. Pero no me gusta porque sea el monumento más antiguo de la ciudad (se comenzó a construír en 1661 y se completó en 1669), ni por la sonoridad de sus campanadas, ni por sus 270 pies de altura (aunque esto quizá sirva). No. Me gusta porque la puedo ver desde todas partes. Y así no me pierdo. Para un aventurero y caminante meticuloso como yo, contar con una torre como esa, que puedes ver desde los sitios alejados de la ciudad, una torre como esa es de lo más útil que pueda uno imaginarse. En ese sentido la torre es como un faro en medio de la niebla para los barcos. La torre está en el centro, poco más arriba de la Grand Place y muy cerca del cuarto que alquilo. Los que navegamos a pie las ciudades necesitamos de instrumentos de navegación. Pero yo, como decía, soy muy distraído. Y así como olvido el paraguas, frecuentemente olvido dónde estoy. Pero, ¿acaso alguno de nosotros sabe en dónde está? Parados en algún punto del universo. Sí, eso si no estamos soñando o si no somos el sueño o la pesadilla de alguien más. Pero sin saber adónde exactamente ni por qué.
sábado, 17 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario