martes, 13 de octubre de 2009

EL CEMENTERIO DE DESDESIHEIM

Hace dos fines de semana T. y yo fuímos a Alemania. El pueblito, si no me falla la memoria, se llama Desdesiheim. Las casitas son blancas y prolijas y uniformes. Las calles angostas, abarrotadas de bicicletas. La población, personas mayores. Desde que llegué, recordé ese libro maravilloso que escribió Tomás Moro: "Utopía". En Utopía (que significa: "No hay tal lugar") había una organización asombrosa. Cada año, los habitantes hacían un concurso de jardines por lo que sus jardines eran de lo más hermosos. Pero de lo que quiero hablar aquí es del cementerio de Desdesiheim. No es muy grande. Pero es el cementerio mejor organizado y ordenado y limpio y floreado del mundo. Pienso que el cementerio de Desdeihim es algo así como un compendio de la personalidad de los alemanes. Lo que me habla de su profundo desorden interior. Porque las personas que requieren tener en perfecto orden su exterior, normalmente son aquellas que tienen un terrible desorden interior. Si se revisa la historia de los alemanes, no es difícil entender el suyo. Ahí todo está en su sitio. Jamás vi un lugar así en mi vida. Las tumbas tienen sembradas las flores, ahí mismo, sobre la tumba, de manera que los deudos de los muertos no tienen la necesidad de llevar flores (lo que no quiere decir que no lo hagan también). De manera que las tumbas son, cada una, un pequeño jardinicillo floreado y multicolor (sobre una de esas tumbas estaba la rosa roja más grande que hayamos visto jamás). Sí, un jardín dentro de otro gran jardín que es el predio sobre el cuál está el cementerio. Pero las flores necesitan agua. Y, para que los familiares de los muertos no tengan que llegar cargando un balde de agua, ahí mismo hay unos tubos con varias regaderas de colores colgando. Así que sólo tienen que coger una regadera, ir hasta una llave especial donde se llenan las regaderas, dirigirse a la tumba y regarla. Para que no caminen mucho, hay regaderas en más de un sitio. Y claro, como la organzación es parte de los alemanes, los niños están enterrados en una parte del cementerio. Ahí T. se conmovió terriblemente, supongo que, siendo madre, comprendió el dolor de los padres de todos esos niños. Al salir del cementerio, salimos bajo un admirable frío y un el cielo azul pálido. Escuchando el sonido de esa suave brisa rozando los lóbulos de nuestras orejas. Le dije a T. que tenía ganas de "hacer una mexicanada" y robarme la rosa roja para ella. Pero, por supuesto, se trataba de una broma. Y´, en silencio (porque no quise parecer pretencioso frente a T.), recité unos versos de Whitman: "Yo no soy una tierra ni lo accesorio de la tierra/Soy el camarada de las gentes todas/tan inmortales e insondables como yo/(ellas ignoran su inmortalidad, pero yo la conozco, la sé).

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