Soy terriblemente aprensivo. Quizá por eso, aunque hoy no estuviera abierta la universidad, decidí caminar hacia allá. Por miedo a perder mi empleo. Entré a la Friterie 141 Taverne. Un sitio nada bonito donde se reúnen obreros y alumnos y profesores universitarios. Pero el encanto de ese café-bar no está en su arquitectura ni en su refinamiento (tiene una heladera de Néstlé donde venden helado y paletas y una máquina expendedora de unas pelotas de plástico con juguetes para niños. Las mesas son de un comprimido y de mala calidad. Las sillas incómodas), su encanto radica en su sencillez, y en la mezcla de personajes que ahí beben vins rosé y café. Al medio día se llena. En todas las mesas hay unas copas altas y delgadas con vin rosé. Los alumnos usan chaquetas de mezclilla. Los obreros tienen los pantalones rotos, llenos de pintura. Los profesores universitarios, saco y corbata. Me senté y ordené un petit café. Lo sirven de manera espectacular, como si fuera un servicio japonés de té. Sobre una charola de madera entintada, acompañado de dos terrones de azúcar y una galleta. Escribí un poco. Ahora estoy trabajando en un libro que habla, precisamente, de la vida en los cafés. Una suerte de novela-ensayo-crónica-poema-autobiografía-cuento-relato. De regreso volví a ver esas casuchas. Aquí no es común ver cordones de miseria. La gente vive con dignidad. La gente tiene calidad de vida. Pero estas tres casuchas en medio de otras casas de buena calidad llaman la atención. Las tres casitas son de ladrillo. Pero se están cayendo. Y tienen sus jardines, como todos los jardínes de aquí, largos y angostos en el traspatio. Caminé un poco, para averiguar en qué calle están las puertas de entrada de esas casitas miserables. Impasse Beghin. Así se llama el callejón, de 4,5 metros. Solitario. Me referiré a la casa del medio. En el jardín hay dos perros. Uno no para de ladrar. Pero están amarrados. Hay tablones por todas partes. Y basura. Y un desorden de fierros y juguetes viejos bastante desagradable. Pero en el medio del jardín hay un pozo de piedra y, sobre el pozo, una estatua de Buda. El buda es grande, de piedra, y está meditando. Esa estatua le da un toque de armonía y equilbrio al jardín y hace que esa casa sea distinta a las casas que tiene de cada lado. Lo que me recuerda algo que solía decirme mi amigo, el doctor Roberto Oscoy (Roberto Oscoy, gallego, huérfano desde niño, estudió medicina y fue a una guerra en África donde se dedicó a amputar piernas y brazos y manos y dedos gangrenados. Después decidió cambiar la medicina alopática por la medicina tibetana y viajó al Tíbet donde estudió con los monjes Lamas): "No hay ningún mérito en estar en calma en medio de la calma. A lo que se aspira es a estar en calma en medio del caos".
sábado, 17 de octubre de 2009
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