Pocos días después de llegar, fuí por C. y H. a la escuela. Al llegar a su casa H. y yo fuímos al jardín a buscar caracoles (los encontramos pegados en las ramas de un arbusto seco) y los pintamos de colores (con pinturas de agua). Amarillos, rojos, azules, morados, cafés. Algunos caracoles, ya pintados, sacaban sus cuerpecitos viscosos y sus antenitas y empezaban a caminar, dejando un rastro del color que los habíamos pintado. Otros se metieron más en su concha. H., (que es una niña) que acaba de cumplir 8 años, me dijo: "Los caracoles a los que les gusta su color salen de sus conchas, a los que no les gusta se quedan dentro". Después nos fuímos. Los dejamos en un cerco de tabiques. Al día siguiente ya se habían ido todos. Dos días más tarde le ofrecí a T. podar el pasto de su casa. Apareció un caracol. Verde. Muerto. Fue hasta entonces que pensé en las palabras de H. y pensé cuántas veces no me ha gustado mi color y me he quedado dentro de mi concha, pensando que ásí me protegía. La pregunta que me surge es la siguiente: si no nos gusta nuestro color, ¿debemos de cambiarnos el color o aceptar el que tenemos? Quizá H. pueda darnos alguna pista. O al menos hacer una pregunta más profunda. La filosofía consiste en hacer las mejores preguntas, no en hallar las respuestas. Los niños son los mejores filósofos. Tienen preguntas, muchas, y no tienen miedo de hacerlas.
sábado, 10 de octubre de 2009
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