sábado, 10 de octubre de 2009

QUEMAR LAS NAVES

Hace algún tiempo leí que una aventura (a ventura) es aquella donde se corre un riesgo pero donde se tiene la posibilidad de obtener el mundo con ese riesgo. Eso me lleva a pensar en el viaje que hizo Hernán Cortés a la Nueva España y, después, del momento en el que, en la Nueva España, quemó sus naves para que ningún soldado de su tropa regresara a Cuba. Siempre me ha parecido algo muy "cojonudo" por parte de Cortés hacer eso. Así evitó las conspiraciones que se estaban cocinando en su contra. Aunque, si leemos a Bernal Díaz del Castillo, sabremos que, en realidad, no "quemó" las naves, sino que las barrenó. Las hundió. Pero no es es tipo de aventura o esa quema de naves la que me interesa. Es cuando una persona quema sus propias naves y, a riesgo de perderlo todo, se embarca en una aventura que, generalmente, parece imposible. Creo que se requiere de un inmenso valor y de una capacidad para el desprendimiento admirable. Javier Cercas narra brevemente la historia de un amigo suyo que abandonó a la ciudad de Lisboa, a su mujer, a un futuro prominente por irse a España con la mujer que en realidad amaba a trabajar en una gasolinera. La primera vez que decidí quemar las naves fue hace unos 4 años. Dejar todo en México e irme a Madrid. Quería una vida nueva, pero no sabía qué vida era esa. Y creo que ahí estuvo mi error. Cuando uno hace una decisión que implica la "no vuelta atrás", como es la de quemar las naves, uno tiene que saber más o menos lo que quiere. Que es algo, generalmente, opuesto a lo que tiene. Pero si se trata de huír, lo más probable es que se fracasará. No se queman las naves para huír, sino para buscar la felicidad. Porque la felicidad, si no existe, nuestra obligación es inventarla. En esa ocasión le pedí a mi amigo y maestro de guitarra, Miguel Ángel Olmos, que me prestara el garage de su casa, en la Condesa. Ahí malbaraté todo lo que tenía: muebles con diseño italiano, de caoba, reproductor de música Bosé, 200 CD´s y 1,200 libros. Todos excelentes. Duré cuatro meses en Madrid. En esa época estaba medicado, al borde de la intoxicación, para el Trastorno Bipolar. Hace poco más de un mes decidí volver a quemar las naves. Esta vez por amor. Claro que esta vez no tuve que vender sino unos cuántos libros a la librería de viejo de Max Ramos, "El Hallazgo", en la calle de Mazatlán. Ahora estoy estable. O más o menos estable. Y he decidido quemar las naves, ganar el mundo. A riesgo de perderlo. Pero no imagino una vida sin aventuras. Los hombres nacimos para ser felices y para encontrar la felicidad en donde quiera que se encuentre. Pero tenemos miedo. Y el miedo, más que ningún otro sentimiento humano, es su aliado más cercano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario