Hace unos días T., el pequeno hijo de T., me regaló un moco. Lo cargaba, cuando se saco un moco, lo hizo bolita con los dedos, y me lo entregó. "Toma, Juan, un moco", me dijo. Yo lo tomé en mis dedos. Dudé entre guardarlo en el bolsillo de mi pantalón y arrojarlo con mis dedos. Hice lo segundo, aunque bien pude haber hecho lo primero. Si se piensa bien, no existe regalo más lindo que un moco. Eso me llevó a recordar un cuento malogrado que alguna vez escribí y, como tantos otros, terminé por destruír. Un personaje bizarro visitaba los velorios para tratar de obtener; en su panuelo, las lágrimas de las viudas hermosas. Era algo así como un fetichista de lágrimas. Y es que no hay nada más puro que las lágrimas de una persona. Creo que quien bebe las lágrimas de una persona bebe la verdadera sangre de su corazón. Las lagrimas contienen la tristeza y la alegría de la persona. Pero, volviendo al moco de T., para un nino un moco no es una secreción que deba de ir a parar a un panuelo, un moco es una parte de si mismo, de su infancia, de su inocencia. Cuando un nino te regala un moco lo que te regala es una muestra de confianza infinita.
sábado, 10 de octubre de 2009
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