Compré una botella de vino blanco. Vino español. Blanc de Blancs. Un vino de mesa, seco. Nada bueno. 2.50 Euros la botella. Escucho "La Patética", de Beethoven. Cuando mi sobrino J. (que estudia piano) la escuchó por primera vez le dijo a mi madre: Así es como se siente Juan. Refiriéndose a cómo me siento yo cuando me siento hondamente triste. Los psiquiatras deberían de escuchar a Beethoven y a Chopin. Hace tiempo que no me siento así (desde que estoy con T.). Esta tarde fuí a Lessines. Quise darle una sorpresa a T., que trabaja ahí, y regresarme con ella en su automóvil hasta Mons. Mi tren hasta Ath salió a las 2h40. Llegué a Ath a las 3h10. No conocía los paisajes de la campiña belga. Campos de flores, casitas de ladrillos con empinados techos de dos aguas, arboles que cambian de hojas y de colores en el otoño. ¿En qué consiste esa belleza del campo, que desciente sobre mí y de mí se eleva? El tren salió de Ath a las 3h21. Me bajé a las 3h33 en Houraing, un pueblo perdido en la nada. Recorrí una calle estrecha y larga. Encontré un pequeño cementerio para perros; había pocos, pero de todas las razas; ahí aparecían sus fotografías. Al llegar a Lessines supe que la calle que caminé se llamaba Chemin des croix. Llamé a T. y quedó de recogerme en el Intermarché, un supermercado, de ésos que hay aquí por todas partes. A las 4h30. Entré y compré un poco de fruta. A veces uno siente la necesidad de comer fruta. Al cuerpo lo que pida, ¿no? Metí un perón chino en una bolsa y la llevé a la caja. La cajera no sabía lo que era, de manera que no podía marcar el precio. Me dijo que iría a averiguar de qué fruta se trataba y regresaría. Había una larga fila de, al menos, 8 personas. Pero los belgas son, ante todo, gente muy amable. Puse mi cara de preocupación y de: "yo no tengo la culpa de que la cajera no sepa de qué fruta se trata". Pero todos me sonreían. Para ellos era natural esperar a que ella regresara. De manera que les sonreí también y esperé. Al salir, me senté sobre un cilindro de concreto y comí el perón chino y bebí un mokachino frío. Casi todas las personas que salieron del supermercado y me miraron ahí, comiendo mi fruta y leyendo a Tomás Espedal, me dijeron: Bon Appetit, Monsieur. Después, un niño se soltó de la mano de su madre y fue a verme. Tenía retraso mental severo. Me sonreía y me acariciaba la cara. No paraba de acariciarla. Yo cerré ligeramente los ojos y me dejé acariciar por sus manos suaves. Su made lo miraba y sonreía. Tenía los ojos pequeños. Muy pequeños. Ni una lágrima cayó de mis ojos, ni un suspiro profundo exhaló mi pecho. Largo, largo tiempo lo contemplé. Sin una lágrima, sin una palabra. Ese niño no me acariciaba con sus manos, sino con su espíritu. Por primera vez. Después se dió la media vuelta, subió en la parte trasera de un automóvil Hyundai, conducido por su madre. Y se marchó. Llegaste. Como siempre me gustaron tus vaqueros y tu suéter colog vino. Te hablé vagamente de él. Pero era imposible hablar de el tipo de amor que me hizo sentir. Subimos a tu automóvil. Tú y yo regresamos debajo de esos árboles altos y frondosos cuando, en la parte más alta de sus ramas, entrelazaban las manos y formaban un techo de ramas y de hojas que ensombrecían la carretera. Las nubes grises y pesadas se cernían sobre el campo. Me mostraste un tímido arcoíris. Y hablamos de todo el bien que nos hacemos. De la bendición, al final de cuentas, de tenernos el uno al otro. Al despedirnos, quise decirte que tu cuerpo y tu cara y tu piel blanca desafían toda descripción. Pero no tenía que decirlo. Hay cosas que se saben.
viernes, 16 de octubre de 2009
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