Esta mañana entré en una farmacia. Ya lo dije antes, los belgas son personas muy amables, y muy consideradas. En lo que a farmacias se refiere no olvidan quienes son. Las farmacias tienen unas grandes cruces verdes que están encendidas cuando las farmacias están abiertas y apagadas cuando las farmacias están cerradas. Pero siempre hay tres farmacias de guardia en la ciudad. De manera que en las farmacias cerradas publican cuáles son las farmacias de guardia. Las farmacias son pequeñas y parecen boutiques. Parecen más tiendas de cosméticos que farmacias. En una silla que había en la farmacia que visité hoy había un gato negro con los ojos amarillos. Se contoneaba sobre la silla y ronroneaba, llamando mi atención. De manera que, mientras la dependienta atendía a otro cliente, me puse a acariciarle la cabeza y el lomo al gato. Un desgraciado consentido y manipulador. No puedo hablar de los gatos sin pensar en Julio Cortázar, de todos, el escritor al que más quiero. Al que siento tan cercano. Cortázar amaba a los gatos y es común verlo en algunas fotografías con uno de sus gatos. Tal vez le gustaban los gatos porque, como él, los gatos son espíritus solitarios. En cualquier otra parte sería muy raro encontrarse con un gato dentro de una farmacia. Pero en Bélgica encontrarse con un gato en cualquier parte es de lo más natural. En Bélgica los gatos son tan comunes como las personas. Muchas casas tienen un gato. En las calles hay gatos. Ya saben, sobre los tejados y las ventanitas ésas que sobresalen de los techos muy empinados de dos aguas. En el callejón donde vivo hay un gatito gris a rayas como una pijama que entra todos los días por un pequeño cubo que hay sobre un muro. Después sale por una ventana. Entra por el cubo y sale por la ventana o entre por la ventana y sale por el cubo. No paso un día sin verlo. Una vez que T pasó por mí con su pequeño hijo T., T., trató de ir tras el gato. T., va tras cualquier animal que encuentre: gato, perro o ganso (la última vez, al pie de un estanque, un ganso estuvo a punto de picotearlo. Los gansos son animales peligrosos, ya hablaré un día del ganso que me crió). En una ventana de la ciudad hay tres gatos. Ya no recuerdo dónde está la casa. Pero los gatos, aunque parecen de verdad, son calcomanías pegadas sobre el cristal. Uno de los gatos está sacando un pez de una pecera. Y sin embargo un día llegó un gato de verdad y se paró junto a las calcomanías, de manera que me fue imposible, durante unos segundos, adivinar cuál era el gato de verdad. Hasta que el gato se aburrió y saltó hacia abajo. A mí los gatos me dan un poco de miedo. Aunque me gustan. Me dan miedo sus ojos. Tan humanos. Pero no de un humano cualquiera, sino de un humano de esos a los que se puede llegar al alma directamente a través de sus ojos. Seguramente los han visto. De los gatos me gusta su carácter independiente. Su individualidad. Y también su hipocresía. Los gatos son los animales más hipócritas del planeta. Me gusta verlos moverse. Con tanta suavidad y delicadeza. Los gatos hacen selva en cualquier parte. Aún en la ciudad. Los gatos son los bonsais de los tigres. Y ahora que lo pienso, Julio Cortázar, aunque de padres argentinos, nació en Bélgica. En Bruselas. Quizá de ahí también su gusto por los gatos.
sábado, 17 de octubre de 2009
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